Te
extraño y no he podido lidiar con tu partida. Lo he hecho todo mal, lo
he tratado desde la culpa, desde el rincón del sufrimiento, porque el
dolor hace tiempo que se fue, pero me aferré a no recordarte porque me
dolía, me dolía que ya no estés conmigo.
Cuando pasas mucho tiempo con alguien tan libre y amoroso, todo el resto
no tiene sentido. Solo quieres estar con esa persona, compartir cada
momento, guardando todo lo bueno, porque en ese tiempo todo era bueno.
Luego empecé a cambiar, porque mi entorno ya no era el que esperaba. Quería ser libre, pensando que la libertad era tener un trabajo, una casa y estar con el amor de tu vida, pero eso para mí ya no era felicidad. Me perdí en malas decisiones, todas elegidas desde mi ego de no sentirme sola, como si nadie más en este planeta pasara por lo mismo, como si mi dolor fuese el más importante y único. Y lo dejé todo.
Pero esto no se trata de mis acciones, porque ahora estoy bien, y todo eso me llevó a estar como estoy ahora: reconociendo mi camino y aceptando. Pero lo que nunca he aceptado es haberte dejado como te dejé. Siempre desde el amor, pero tratando de huir del futuro, ese que desde pequeña nos cuentan que pasa. “La resignación es una forma de morir”, me dijo una amiga, y yo, sin saberlo, huía de eso.
Cuando te dejé, no pensé mucho en la muerte. No pensé que eso podría pasarte, no pensé… Pero todos los días estabas en mi mente, hasta que pasó el tiempo, y cuando nos vimos de nuevo fue como si nunca nos hubiéramos alejado. Dormimos juntos y tú estabas tan feliz, pero te notaba triste. Yo no lo pensé mucho y, de nuevo, te dejé, hasta que recibí la llamada que ahora, cinco años después, no he podido superar.
No te he recordado bien. No quiero mirar al pasado porque es solo hacerme más daño.
Y como si se tratara de mí, he cargado con tu ausencia y no he
agradecido cada momento, cada caricia, cada alegría que me brindaste.
Porque al final del camino teníamos que cruzarnos, y esto lo escribo
pensando que estás conmigo, leyéndolo; que me acompañas, que me dices
con tus gestos que todo va a estar bien. Porque al final nunca te has
ido, siempre has estado conmigo. Solo que te he recordado de una manera
que no mereces.
Y ahora, con esta carta y entrando a una nueva etapa de mi vida, solo puedo agradecerte. Porque tú has sido mi Mentira más hermosa, la Mentira más conmovedora y verdaderamente hermosa. Agradezco que hoy, desde donde estés, el cosmos me haya hecho escribir estas palabras que jamás había dicho, porque siempre pienso que los demás no van a entender un amor así.
Porque no hablo de una persona, sino de mi gata Mentira, la que estuvo conmigo y dio todo por mi bienestar.
Ustedes no lo saben, pero ella me salvó la vida en ese momento en que ya
no quería seguir; ella estuvo cuando solo quería lanzarme al vacío,
cuando, sin querer, debajo del agua, no quería salir.
A ella hoy le digo, con mi energía en estas palabras, que siempre, toda la vida, la amaré, y que desde ahora este tráfico de palabras en mi garganta solo será agradecimiento. Porque, quieras o no, el dolor es inevitable, pero el sufrimiento sí lo es.
