IGUAL ESCRIBO

No tengo respuesta, pero igual escribo.

 

¿Cómo empiezan los grandes libros? ¿Cómo se debe empezar algo que quieres que otros te lean? ¿O simplemente se escribe sin esperar que te lean?

¿Quieres que te lean o quieres escribir?

¿Existen tus escritos aunque nadie los lea?

No tengo respuesta, pero igual escribo. Escribo a pesar de que nadie me lee, de que nadie reacciona, de que nadie diga nada.

¿Qué se dice para que te lean? ¿Alguien aquí lee?

Yo no. El hábito lo he perdido. Pero sí leo, no con la frecuencia de antes. Y aun así siento que escribir es un impulso de tratar de entender qué pasa.

Pero ¿qué puedo contar?

¿Que me da pena matar hormigas? Ahí las veo llevando el triple de su peso, a veces haciendo caminos de pedazos de flores, otras de hojas. No saben que las estoy mirando. Siguen. Es hermoso.

No puedo matar cucarachas. Me dan un poco de asco y miedo. Miedasco. Me paralizan un segundo. 

¿De qué se puede escribir que te pueda interesar?

Hace meses que no he ido al mar. Me molesta un poco la arena. Pero no es la arena. Es el regreso. Pensar en el regreso en bus. La ropa húmeda. La sal quedándose en la piel. Y entonces ya no quiero ir.

Y me castiga un recuerdo que me envía directo a mis 14, cuando caminar mojada por las calles de un pueblo de la sierra cargando globos de agua no importaba. El frío no importaba. El cuerpo no importaba. No había regreso. O no existía todavía.

Ya no es prioridad ir al mar. Antes sí. Ahora no.

¿Qué puedo escribir?

¿Que pienso más en un primo que murió hace más de treinta años? Cuando se fue, yo era una niña. No recuerdo su voz. No recuerdo una conversación. Solo fragmentos. Le gustaba el rock. Le gustaba el atún con arroz. Estaba ahí. Y después no.

Una madrugada, andando en moto con tres amigos, perdió la vida. La madrugada siguió igual. La calle siguió igual. Pero él no.

Y unos días después nació una prima. Creció. Y cada vez que la veo, algo en su cara, en su forma de estar, me lo devuelve. No es él. Pero es lo más cerca que existe.

La última vez que la vi, ya no era la misma. No sabría decir qué cambió. Solo lo sentí. Como cuando entras a una casa conocida y algo se movió de lugar. No está mal. Pero ya no es lo mismo.

Ella está en otro país ahora.

Y yo me quedé con esta sensación que no se puede corregir.

¿De qué puedo escribir?

¿Que la historia de un suicidio en Ambato, de alguien que escribió un cuento explicando su muerte, me persiguió hasta Manabí? Que pasaron años. Y un día, sin buscarlo, alguien dijo algo. Y después otra persona dijo otra cosa. Y de pronto la historia estaba ahí, completa, sin que yo la hubiera pedido.

Y aun así no significaba nada claro.

Esa.

¿De qué puedo escribir?

A veces siento que no tengo mucho que decir.

Pero igual escribo.

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