Lo que se hunde

 

A veces es una palabra que no dice nada, porque no es lo que se siente como siempre o nunca. Es como permitirme hacer cosas que me cuestiono. Mucho hacer o no hacer.

En este momento no creo que me llegues a entender. Primero porque no me conoces, segundo porque no existo en sí, porque al fin y al cabo soy la creación de Esther, la mujer más longeva del mundo, la que ha pasado por más guerras y hambre en una sola noche y a quien el tiempo le ha dado su espacio y respeto. Ella, ella me ha creado a su imagen y recuerdo, me ha construido desde el inicio de sus memorias y ha empezado a alimentarme de sus deseos más intensos y a veces, como se lo permite, oscuros. No han sido muchos, ya que ella tiene la habilidad de no pensar — desconecta su cerebro, lo deja todo en negro, como cuando cierra los ojos y trata de que los colores que aún persisten se vayan por completo.

 

Aquí entro yo, como la canción más popular de Tchaikovsky que puedas recordar. Hasta en ella llega un momento en que no la reconoces, porque en esa calma, en ese ritmo, encuentra algo oscuro que mostrar. Hermoso. Sube el volumen, mira el incendio desde adentro — la gente corre pero tú no, porque la música te aplaca, te absorbe, y solo ves calma donde hay caos. Algo que aún no descifras.

Despiertas. Es un sueño, un sueño que se lee muy aburrido. Intentas escribirlo y te olvidas — tu memoria no lo retiene, es tan hermoso y a la vez tan inmenso que por todos los poros se te escapa, hasta que se va. Se fue.

Yo solo quería encontrar las palabras adecuadas, por eso escribo tanto para llegar a un mismo punto. No sé cómo vivir, cómo dormir ni comer. No sé nada.

Quisiera flotar en las aguas cálidas del mes de abril. Como a veces quisiera vivir en la dulce melodía de pronunciar tu nombre, como si al terminar de decirlo volvieras a esa última vez que te vi cruzar el río por salvar a un gatito.

Te vi desvanecerte por esa valentía ignorante, por ese amor imprudente de confiar en que el agua no mojaría tu alma tan pura. Yo te llamaba a gritos, mientras lanzaste a ese animal con una fuerza que aún no entiendo, como si tus pies hubieran tocado fondo y el viento te hubiera brindado energía. El animal voló sin tener alas y tú, tú pequeño, te hundías en aguas tan cristalinas que lo que se hundía parecía un rayo de luz. Y así fue. Y yo, aquí, todavía pronunciando tu nombre.

Siempre te sueño, pero nunca lo quiero recordar…


Entradas populares