Decidir
No hay otro lado del río
Apagó las velas. El deseo no era ser joven; era tener tiempo para elegir. No para ser madre, ni para volver con nadie, sino para volver al pasado y reclamar lo que no supo pedir. No existía nostalgia, existía deuda: consigo, con sus propias decisiones.
Le molestaba esa idea heredada de que el libre albedrío era un premio para los otros. Sus padres nunca le enseñaron lo esencial: la primera vida que se salva es la propia. Lo aprende una tarde, caminando por el parque, cuando ya no quedaba nadie que pudiera decirle qué hacer.
La banca mostraba un anuncio absurdo: “No hay nada bajo el sol que no tenga solución…”. No leyó la letra pequeña. Echó a correr. Llovió como si el cielo quisiera acompañarla, no consolarla. La laguna apareció y ella se lanzó sin permiso. El sonido fue brutal y perfecto: dos densidades acordando tregua.
La sacaron los guardias, envuelta en una manta. Preguntaron si estaba bien. Sonrió. Porque sí: estaba bien. No por el salto, sino porque lo decidió.
No buscaba una nueva vida. Buscaba pertenecer a la suya.
Y lo consiguió.

