El ruido de adentro
Mi cabeza suena más.
Desde el sonido de mis dedos rascando el cuero cabelludo.
Sí, intenten: como que suena más, como si mis oídos estuvieran en mis dedos.
Crag, crag, crag.
Ese ruido me calma.
Ese ruido es mejor que el ruido de mi cabeza: la de adentro, donde hay alguien, pequeño, que habla sin cansarse.
Pero no habla algo entendible.
Habla todo al mismo tiempo.
Me calmo.
Respiro.
Hey. Lo escucho más fuerte.
Como si todo se apagara alrededor y solo quedara el rasquido en la cabeza y mi respiración intentando ordenarme.
Cierro los ojos.
Paz…
No.
No hay.
No desde que descubrí que hablo sola.
Y no me refiero a hablar sola cuando estoy sola.
Me refiero a hablar cuando hay personas alrededor.
Pensar lo que digo, confundirme entre pensar y hablar.
A veces pregunto cosas que no recuerdo haber preguntado.
¿Quién dijo eso?
¿Yo?
¿Y por qué?
¿Qué es eso que quiere salir de mí, sin control?
No me gusta.
Cuando bebo en exceso pierdo el control, y no se siente bien no recordar nada.
Silencio.
Por favor… ¿puedes hacer silencio?
Respiro.
Otra vez el ruido.
Pero no soy yo.
Ya les dije: hay algo ahí adentro, hablando, o intentando decirme algo.
¿O es un sueño?
Si llegaste hasta aquí… qué mala suerte tienes.
Si yo fuera tú no hubiera leído ni la mitad.
Hubiera cerrado esta mierda y me habría ido a ver TikToks.
Pero tú no sabes.
Crees que veo TikToks de baile y ya.
No.
Yo veo TikToks educativos.
¿Qué te pasa?
Más respeto.
Yo me educo viendo TikTok.
¿Que escribir y leer te hace mejor persona?
Ja.
Te puedo mencionar a los que se comían libros, escuchaban música clásica y citaban a escritores en la sobremesa.
Uy, los he visto.
Muchos.
Gente que juraba que por leer tenían el alma más limpia.
¿Y qué?
Hemingway era un genio, sí, pero también un borracho egocéntrico que trataba a la gente como si fueran humo.
Bukowski: otro mito.
Si lo hubieras conocido de verdad, no lo soportabas ni cinco minutos.
Así que no me vengas con que leer te vuelve mejor ser humano.
Hace tiempo leí —y digo leí, no escuché en TikTok— un tuit que decía que los peores, los más pretenciosos, eran los escritores.
Infumables.
Insoportables.
Insufribles.
Y sí.
Ahí estás tú.
¿Yo?
¿Desde cuándo estás aquí?
Yo empecé a escribir
y resulta que ya eres tú quien me cuestiona.
—Así es. ¿Y qué? ¿Vas a llorar? Como todas las noches antes de dormir, rogándole al universo que te dé abundancia y los regalos que crees que mereces.
…
Silencio.
Vuelvo.
Respiro.
Me rasco.
Así funciona mi cabeza:
me pregunto, me contesto.
A veces yo.
A veces tú.
Hay que vivir con lo que se tiene.
O con lo que te ocupa la cabeza.
Solo espero que este ser —o lo que sea— no termine de salir y me absorba por completo.
Ojalá que no.
Ojalá que sí.


